Un día muy especial, un hombre llamado Isaías estaba en el gran Templo de Dios. El rey acababa de morir, y la gente estaba un poco triste y preocupada por el futuro.
¡De repente, mientras oraba, Isaías tuvo una visión increíble! Vio al Señor mismo, sentado en un trono muy, muy alto. El manto de Dios era tan grande y majestuoso que llenaba el Templo entero.
