Naamán era un gran comandante del ejército de Siria. Era muy valiente e importante, pero tenía un problema que lo ponía muy triste: una enfermedad de la piel llamada lepra.
En la casa de Naamán trabajaba una niña de Israel. Un día, ella le dijo a la esposa de Naamán que en su tierra había un profeta de Dios que podía sanarlo. ¡Qué buena noticia!
