Daniel era un adolescente cuando se lo llevaron de Jerusalén a Babilonia, un imperio gigante y completamente diferente de todo lo que él conocía.
Allí, el plan del rey era convertir a los jóvenes de Israel en babilonios: nuevo idioma, nuevas costumbres, nuevos nombres. Hasta le cambiaron el nombre a Daniel.
La presión era enorme: "olvida quién eras y vuélvete igual que todos aquí".
