Después de ser bautizado, el Espíritu de Dios llevó a Jesús al desierto. Era un lugar muy grande, lleno de arena y rocas, y muy silencioso.
Jesús estuvo allí cuarenta días y cuarenta noches, hablando con Dios, su Padre. Durante todo ese tiempo no comió nada, y al final tuvo mucha hambre.
