Durante muchísimos años, el pueblo de Dios vivió lejos de su hogar, en la gran ciudad de Babilonia. Extrañaban mucho Jerusalén y el Templo del Señor, que había sido destruido.
Pero Dios nunca se olvidó de su pueblo. Tenía un plan maravilloso. Dios tocó el corazón de un rey muy poderoso llamado Ciro, el rey de Persia.
