El apóstol Pablo era prisionero en un gran barco de vela. Viajaba a una ciudad muy lejana llamada Roma. El sol brillaba y el viento era suave; parecía un viaje perfecto.
Pablo, que amaba mucho a Dios, sintió que algo andaba mal. Le advirtió al capitán: "Presiento que este viaje será peligroso". Pero el capitán y el dueño del barco no le hicieron caso y decidieron seguir.
