En la ciudad de Jerusalén había un hombre llamado Esteban. Era uno de los primeros ayudantes de los apóstoles, y su corazón estaba lleno de fe y del Espíritu Santo. La gente lo quería porque era bueno y cuidaba de los necesitados.
Dios le dio a Esteban un poder especial para hacer grandes maravillas y señales. Por donde pasaba, mostraba el amor de Jesús de una manera increíble. Su sabiduría era tan grande que nadie podía discutir con él.
